Mostrando entradas con la etiqueta Aquellos Sastres fueron 9 (novela). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Aquellos Sastres fueron 9 (novela). Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de julio de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 32:

Hace muchos años, antes de la primera restauración, sus padres tenían alquilados a buen precio varios de mis corralillos que después ellos realquilaban para ganarse unos dineros y que más tarde compraron porque eran gente acomodada y se lo pudieron permitir para así incrementar el patrimonio familiar.
Solo tenían una hija, su alteza la princesa Inés, una chica altiva que imponía distancias en su trato con la gente ordinaria, que era la mayoría de los que pasaban por la calle. Por lo que pude saber hizo un buen matrimonio con un joven tan guapo y bien situado como ella, formaron una familia numerosa y un buen día él no volvió a casa.
Después de las preocupaciones Inés lo esperó durante un año y luego devolvió a sus padres el piso conyugal para, a cambio, trasladarse aquí con los hijos que aún vivían con ella, tras algunas obras de adecuación tirando tabiques y volviéndolos a levantar en otro sitio.
Ahora solo dos continúan con ella, aunque casi nunca vienen, utilizan la casa de su madre como almacén para ese tipo de cosas que la gente no tira "por si acaso", de manera que está más sola que la una.
Sigue tan arrogante como siempre, su carácter, si en algo ha cambiado, ha sido para enrocarse en sus errores. Se ha transformado sin embargo su aspecto y ahora aquella chica alta y guapetona es una mujerona imponente a la que le cuesta caminar por culpa de los kilos acumulados en su cuerpo y que ella no hace nada por eliminar, explicando a quien quiere escucharla que es culpa de su metabolismo y suspirando resignada cuando en la soledad de su casa se come una tableta de chocolate con media barra de para para suprimir una comida y así "a ver si dios quisiera que ella pudiera perder algún kilo de peso".

domingo, 24 de julio de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 31:

-No sufras más de la cuenta, Inés, que ya has tenido bastante. Te he sacado la conversación con la esperanza de que por lo menos con alguno hubieran mejorado las cosas, pero veo que no, perdóname.
-Me alivia desahogarme contigo de vez en cuando, ya lo sabes. Jamás imaginé que las cosas iban a ser así. Ocho son y a cual más ingrato. Si la idea esa de la reencarnación fuera verdad pensaría que tengo alguna gran deuda anterior que pagar para que mi karma se equilibre, pero como soy católica fervorosa llevaré mi cruz lo mejor que pueda con la ayuda del cielo y...

Dejé de prestar atención. Había escuchado el mismo lamento en cientos de ocasiones y cada vez me aburría más, sobre todo porque se basaba en dogmas, prejuicios y fantasías. El que sean mis vecinos y yo los proteja como polluelos indefensos no me impide apreciar la realidad. Tal vez resulte dura para alguien que me escuche, pero recordaré solo que estoy hecha de piedras y ladrillos.
Inés en concreto me crispa, sí, sí, sí. ¡Hasta lo indecible! Claro que en algunas cosas de las que dice tiene razón, pero en la mayoría no. Todo ese dolor suyo que la ingratitud de sus hijos la provoca en realidad no es más que rabia acumulada día a día al ver que sus expectativas no se cumplen. Si se tomase el tiempo necesario para hacer un examen de conciencia, de esos que recomienda su religión, podría darse cuenta de ciertas cosas y rectificarlas. Pero no, ¡está en posesión de la verdad absoluta! y desde ahí, quien no ve las cosas de la misma manera: es su enemigo, o está loco. Pero no quiero enfadarme con ella porque después de tantos años la tengo mucho afecto, es sabido que a los hijos se les quiere por los defectos casi tanto como por las virtudes.

miércoles, 20 de julio de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 30:

-Sí, a ver qué dicen los demás.
-¿Que tal se ha comportado Lázaro?
-En su línea de correcta caballerosidad, ya sabes como es.
-A mí me desquicia la paciencia, es tan relamido que me entran ganas de zarandearle cuando hablo con él.
-Es muy buena persona, Inés.
-No lo discuto, pero además un viejo maniático que va dejando una estela de arrogancia por donde pasa.
-Que no, te lo aseguro. Es su timidez lo que le hace parecer distante.
-Pues la timidez debe quedarse en la infancia para no convertirse en grosería y él ya tiene unos añitos.
-¡Que pesada te pones con el pobre hombre! ¿A que el del 4ºA no tiene tantos defectos?
-¿Agustín?
-Sí, Agustincito...
-¿A que viene ese tonillo?
-¿Acaso no se ha convertido en el niño de tus ojos?
-Hace mucho que mis ojos se cansaron de todos los niños, ya lo sabes. Agustín es de trato agradable y natural y su conversación me resulta cómoda aunque -apoya una mano en el brazo de la amiga mirándola con malicia- para gustos están los colores, ¡Mariolita!
-¡Anda ya con las bobadas! Oye, ¿que tal los tuyos?
-Peor que la última vez que hablamos. Decididos a reclamar en juicio la legítima de su padre. Siempre han sabido que teníamos separación de bienes y que él era un desgraciado que no tenía donde caerse muerto, pero... ¡no se lo quieren creer! Prefieren soñar que les he engañado y que un juez me va a obligar a repartir con ellos lo que aún no han podido rapiñarme.

martes, 19 de julio de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 29:

Después de cerrar la puerta permaneció observando por la rendija de los visillos como Lázaro caminaba hacia el hueco de la escalera y no se había retirado de la ventana mas que un par de pasos cuando sonó el timbre. Abrió sin comprobar quien era y antes casi de que pudiera reaccionar, Inés, balanceandose de un lado a otro para transportar su cuerpo grandísimo en todas las dimensiones, ya tomaba precauciones para sentarse en una silla con las manos apoyadas en el respaldo del sofá
-¡Qué fatigas! ¿Por qué no estará una flaca!
-¡Que tal vecina!... ¡¿Será porque los kilos la importan un pimiento?!
-No empecemos que tú bien sabes cuantas dietas he intentado.
-Eso. Dejemoslo porque también sabemos que los intentos no son nada. ¡¡Fin!! -bromea mientras hace aspavientos con los brazos como queriendo disipar cualquier pensamiento comestible.
-Vengo a que me informes.
-Lo supongo -la mira sonriendo.
-Desde que esta mañana oí a la chiquita del 1ºG llamar a tu puerta tan temprano estoy en ascuas. Mariola para arriba, Lázaro para abajo, los dos al territorio obrero y posterior encierro al otro lado de mi pared. ¿No es para morirse de curiosidad?
-¡Ya lo creo que si! -ríe unos instantes con picardía-. Ahora te cuento.
Sentada de lado en el sofá donde Inés aún apoyaba las manos, Mariola la puso al corriente de los acontecimientos de la mañana adornados con sus comentarios personales y con los añadidos de intuiciones, posibilidades y dudas que le habían ido surgiendo, porque las dos mujeres son amigas de muchos años.
-¡Jesús!... Solo me faltaba ahora que me dejaran sin casa. ¡Pero eso no puede ser! Es imposible... -iba cavilando en mil posibilidades y sus gestos lo reflejaban-. Aquí huele a chamusquina.
-Creo que sí.
-Hay que apretar las clavijas a ese chico, el aparejador.
-El no debe saber mucho más que nosotros, le darán instrucciones sin porqués y mucho menos le explicarán motivos auténticos que, de haberlos, solo conocerán una o dos personas con poder para manipular a otros.
-Pues tendremos que ponerle de nuestra parte y que empiece a husmear para desenterrar lo que esté escondido.

lunes, 18 de julio de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 28:

-Ya, por supuesto -el tono de voz de Lázaro dio por terminadas las explicaciones e hizo que Bruno se ruborizara durante unos instantes solo, demostrando un autocontrol que Mariola apreció y valoró en positivo.
La reunión había terminado de forma tan evidente para los tres que no les quedó más que despedirse mientras Bruno aseguraba que les iba a tener informados en todo momento y por supuesto de cualquier novedad que pudiera surgir.

Mariola y Lázaro cruzaron el patio sin apresurarse y en silencio hacia la puerta E y entraron a un gesto de ella.
-¿Qué piensas?
-Que el chico es sincero pero no sabe nada.
-Coincido contigo. Si hubiera cualquier cosa rara él sería el último a informar y solo cuando no pudiera evitarse.
-Es joven e inexperto, seguro que este es su primer trabajo. No se le tiene en cuenta, solo se le utiliza.
-Lázaro, ¿y si hablamos con el jefe de obras?
-Sería inútil por lo contrario. Es un trabajo para gente experta y de colmillo retorcido. Si hubiera algo, y empiezo a pensar que sí, él siempre va a seguir la pauta que le marque su pagador.
-¿Qué te ha llevado a pensar que hay algún gato encerrado?
-La actuación del aparejador, Bruno. No sabe, pero sospecha. Habla queriendo convencerse a sí mismo de que sus dudas son infundadas.
-Me sorprende que seas tan intuitivo.
-¿Acaso no es obvio?
-Sí... ¡Bueno! ¡¿Qué podemos hacer?!
-¡Peste de problemas! ¡Qué se yo!
-Tenemos que convocar una junta urgente de vecinos. Puede que alguien haya visto u oído algo chocante a lo que no haya querido dar importancia. Además hay que ponerles al corriente para que estemos todos prevenidos.
-Estoy de acuerdo. Yo me encargo de citar a todos puerta por puerta. No me parece conveniente poner avisos por ahí a la vista de todo el que pase.
-¿El juego de los ingenuos?
-Estrategia.
-Bueno, muy bien. ¿Cuándo?
-Mañana a las nueva de la noche, bastante después de que hayan dejado de trabajar para estar seguros de que no quedan extraños por aquí. Ahora me marcho; voy a empezar las citaciones con los que encuentre. Nos vemos, Mariola.
-Me considero citada. Adiós.

martes, 12 de julio de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 27:

Allí echaron la mañana los tres rodeados de papeles. Preguntaron y obtuvieron respuestas claras y concisas. Nada se había encontrado que hiciera pensar en demoliciones y la conversación oída por alguien debía referirse a alguna otra de las muchas obras en las que trabajaba la empresa. Todo estaba en orden: se iban a retocar un poquito los cimientos y los conductos y arquetas de saneamiento, más que nada como actuación de mantenimiento, una revisión de las cubiertas para no correr riesgos con posibles filtraciones y humedades posteriores y eso era todo porque el resto del edificio se encontraba en perfecto estado dado el poco tiempo transcurrido desde la intervención anterior.
-Precisamente porque solo han pasado tres años escasos nos ha preocupado el regreso de las cuadrillas -empezó a comentar Mariola.
-Pues quédense muy tranquilos porque se trata de un tema de presupuestos, ya saben ustedes como son estas cosas: si hay una partida que no se gasta, al año siguiente no se concede, así que se invierte en retoques.
-No nos oculta usted nada, ¿verdad? -Lázaro inclinó su cuerpo de forma intimidante sobre el escritorio, con las manos extendidas apoyadas como si estudiara el momento de abalanzarse, para escudriñar los ojos del joven.
-Les he contado lo que yo se -sosteniendo la mirada del hombre, Bruno se puso en pie dando por acabada la sesión informativa-. Y es lo que hay. Ustedes comprenden que al ser un edificio protegido por un organismo oficial deben cumplirse ciertos trámites protocolarios; no obstante, si surgiera cualquier incidente extraordinario que rebasara mínimamente y en cualquier aspecto los límites de lo rutinario, ustedes, lo mismo que el resto del vecindario, serían informados de inmediato como propietarios del inmueble.

sábado, 9 de julio de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 26:

Llegaron pues al cuarto de contadores donde se había preparado un acceso a la zona de trabajo: la cámara, un pequeño sótano de aproximación a mis cimientos. Fuera, en el patio, estaba instalada una caseta con taquillas individuales en las que los trabajadores guardaban su ropa de calle y sus objetos personales y donde un tablero sobre borriquetas tras un par de sillas servía de despacho al encargado. Aquí se dirigieron en primer lugar y golpearon la puerta con los nudillos un par de veces, pero como nadie abrió se encaminaron hacia donde se oían golpes de herramientas y voces de personas que necesitaban casi chillar para entenderse unos con otros en medio del ruido.
Estaban a punto de empezar a gritar también ellos el nombre del encargado cuando de reojo vieron acercarse desde el portal al joven chico rubio.
-¡Hola, buenos días! ¡Qué suerte que haya llegado usted en este momento!
-Buenos días -saludó sonriente el recién llegado-. ¿Me esperaban a mí? -preguntó con un cierto deje preocupado.
-Buenos días, joven. Le esperábamos a usted, al encargado, o al que tenga atribuciones para informarnos de la marcha de las obras. Somos vecinos del inmueble, como usted habrá deducido, naturalmente.
-Soy Mariola, Bajo E, y él es Lázaro, del 1º D -quiso suavizar alargando la mano en un saludo.
-Me llamo Bruno -se presentó mientras estrechaba la mano de la mujer- y soy el aparejador -añadió extendiendo su mano a Lázaro mientras le miraba con firmeza a los ojos.
- Mucho gusto -correspondiendo a la mano y a la mirada-. Estamos interesados en conocer el estado de la obra. ¿Tal vez usted puede ponernos al corriente?
-Claro que si. Vamos al despacho de la caseta que estaremos más cómodos y podré enseñarles planos, fotos y demás documentación.

lunes, 25 de abril de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 25:

Muchos años atrás, al principio, fue un espacio compartido en el que los vecinos se reunían a charlar cuando el tiempo lo permitía; sacaban sillas, banquetas, taburetes y los hombres hacían partidas de naipes o dominó mientras las mujeres charlaban con sus mil labores en el regazo, desde el encaje de bolillos unas, a los zurcidos de calcetines otras y los niños jugaban a las tabas, a la unela, a los bonis, al diábolo... ¡casi suena ridículo si no fuera historia! Las noches calurosas de verano siempre había quien colocaba una hamaca en el corredor para dormir algo más fresco que en su corralito. ¡Y las verbenas! No diré nada porque todo el mundo las conoce aunque solo sea de oídas o de películas.
Después vinieron unos meses, demasiados, en los que no hubo alegría.
Y más tarde, cuando el mundo se apaciguó, aquel patio mío tan vital había quedado transformado en lugar de paso, deslucido, deteriorado y feúcho y durante años aún continuó despintándose, manchándose, humedeciéndose, agrietándose, ¡en fín!, degradándose enfermo un poco más cada día.
Luego, tras la restauración: ¡magia! Seguía siendo yo, no me he perdido ni un solo instante, pero me pusieron escaleras nuevas, colores preciosos en mis paredes, puertas en los corredores que invitan cálidas y un patio mejor que nunca jamás, ¡hasta árboles y flores colocaron! Una maravilla, ya digo.
Mientras tanto las costumbres han ido cambiado y la gente ahora se relaciona poco con los que tiene cerca, de manera que nada de sacar asientos para charlar y mucho menos para unas labores que ya nadie hace, pero sea como sea da gloria ver mi pequeño jardín y me imagino que caminar por él después de un largo día de trabajo en una ciudad saturada de ansiedad, viendo al fondo la acogedora puerta de tu casa, debe apartar sinsabores y dificultades. No puede ser de otro modo, no me cabe duda.

sábado, 23 de abril de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 24:


Por la noche se acostaba agotado de tanto reflexionar y comparar la realidad que le rodea con el pasado que considera impecable; desmoralizado por la incapacidad de la gente para darse cuenta de las cosas y apreciar lo que es mejor, jamás se le ocurre, en medio de sus cavilaciones, contemplar la posibilidad de que aquello no sea adecuado hoy. Tiene en su alma una especie de idea medio mágica de que la actual es una época de despiste colectivo que pasará y todo volverá a ordenarse... como entonces. Y, por supuesto, ha borrado de su pensamiento las hipocresías y falsedades a las que la gente se veía obligada en nombre de lo debido. No se levanta mejor, casi casi al contrario, agobiado por el pensamiento de otro día ingrato sin apenas mas momento de satisfacción que el de la música y que ya a estas alturas ni siquiera es lo que fué. Está impaciente por morir y en cada una de sus oraciones ofrece al cielo argumentos de persuasión, pero su buena salud no le acompaña.
Mi opinión es que se ha convertido en un viejo egoísta. Alguien diría que por culpa de la soledad, pero yo no lo creo; he conocido solitarios que, precisamente por la ausencia de los otros, se han hecho tolerantes, algunos hasta la excentricidad.

A las diez menos cinco Lázaro bajó las escaleras y dio un par de golpecitos con los nudillos en la puerta de Mariola para avisarla.
-¡Listos! -dijo ella, que le esperaba, guardándose las llaves en el bolsillo-. ¿Habrá llegado ya?
-Lo ignoro, pero vayamos a la zona de obras y si hay que esperar esperaremos.
Atravesaron mi bonito patio sin apresuramiento y sin embargo sin fijarse tampoco en nada, ¡una lástima!, consecuencia de la rutina, porque es una preciosidad de la que merece la pena disfrutar.

viernes, 11 de marzo de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 23:

Lázaro se piensa maestro de urbanidad y protocolo, pero yo que arropo a todos conozco lo que el resto de los vecinos opinan de él y se que su percepción es errónea porque ellos le consideran un arrogante que siempre mantiene las distancias y por lo mismo nadie intenta acercarsele. Pobre Lazarito mío, empeñado en ser como los caballeros de comienzos del siglo pasado que conoció en su infancia y que fueron sus modelos de juventud, negándose empecinado no ya a cambiar sino a adaptarse un poco, actualizando lo justo para su comodidad, a las nuevas maneras y costumbres. Y así le pasa que sus días transcurren en un combate permanente con la panadera, con el kiosquero de prensa, los alumnos y sus padres, el vecindario, la radio, la televisión incluso en los noticiarios. Ese lenguaje, esos gestos, movimientos, tonos de voz... ¡Cuanta vulgaridad y zafiedad!, piensa, murmura, se enfadada y se reconoce impotente para contrarrestar tanta grosería y mala educación.
Está solo, lo que por sí no es mala cosa, pero le pesa el aislamiento y no ve como podría ser de otra manera, ni comprende que los demás no se le acerquen como polillas atraídos por su buen hacer social.

jueves, 10 de marzo de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 22:

- Esa es la cuestión. Es mi turno de presidencia en la comunidad y creo que debería hablar con el encargado, con los responsables, para que alguien nos explique con precisión como están las cosas. ¿Te parece oportuno?
- Sí, ¿por qué no? Pero a mí no me tiene que parecer nada, tú eres quien decide.
- Ya, pero quiero tu opinión. Por antigüedad esta casa es más nuestra que de nadie y supongo que a ti te importa tanto como a mí.
- O más aún, porque soy bastante más viejo y no quisiera tener que irme a morir a otra parte.
- ¡No hables así, hombre! ¡Mira qué cosas dice!
- Verdades. Se llaman verdades.
- Como quieras. ¿Hablamos entonces con ellos y luego informamos a los demás, o convocamos una reunión de comunidad y entre todos decidimos qué hacer?
- Creo preferible empezar por lo más sencillo: preguntemos nosotros dos y luego se irá viendo el campo de acción si es que lo hay.
- De acuerdo. Hay un joven rubito, me parece que es el arquitecto...
- Se quien es.
- ...que suele llegar cada mañana alrededor de las diez. ¿Empezamos por ahí?
- Muy bien.
- ¿Nos encontramos a las diez menos cinco en el patio?
- Allí nos vemos.
- Hasta luego entonces, Lázaro.
Cerró la puerta con tanta rapidez que incluso él no pudo por menos que pensar que había dado a la mujer con ella en las narices. ¡Acabaría convertido en un auténtico grosero como no tuviera cuidado! El que siempre, durante su vida entera, se había enorgullecido de ser el más cortés, correcto y caballeroso de los hombres con todo el mundo. Este asunto de la comunidad era una auténtica contrariedad que trastornaba sus rutinas y Mariola, como siempre, empeñada en tirar de él implicándole en todo. Torbellino de mujer que nunca iba a cambiar.

martes, 8 de marzo de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 21:

A Lázaro no le gustan las visitas, ya recibe bastantes de sus alumnos a diario y cuando como esta semana ni siquiera ellos acudirán, organiza sus días con precisión relojera: desayuno, paseo, concierto, comida, cabezada, paseo, lectura, cena, velada musical en el sillón y a la cama a dormir para repetir al día siguiente la misma rutina. Por eso cuando suena el timbre y por la mirilla de la puerta ve que es Mariola se siente contrariado ante la amenaza de algún problema de la comunidad que, segurísimo, va a chafarle su paseo y ojalá que sea solo eso.
- Buenos días. ¿Pasa algo en la casa?
- Buenos días, Lázaro. Pues no lo se, venía a preguntártelo.
- Entra, por favor. ¿Puedo ofrecerte un café?
- No me apetece nada, gracias.
- Tú dirás entonces.
- Esta mañana muy temprano, porque tenía que ir a trabajar la pobre, se ha presentado en mi casa Mariana, la vecinita del 1ºG, ¿sabes a quien me refiero?
- Se quien es, sí. ¿Y?
- Esta preocupada porque ha escuchado conversaciones de los que trabajan en la restauración que hablaban de demoler y pensaba que yo podría saber algo al respecto, pero me quedado a cuadros. ¿Has oído tú algo?
- En absoluto. Se referirían a otra casa, ¿no crees?
- Ella dice que no, que el contexto de la conversación dejaba bien claro que se referían a este edificio.
- ¿Por qué motivo iban a demolerlo?

domingo, 6 de marzo de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 20:

En sus sueños de jubilada influyen también las ganas de cambiar su forma de vivir. No se trata de un capricho, sino de una necesidad sentida muy hondo. Su forma de vestir, de maquillarse y de peinarse, la misma que le ha satisfecho durante tantos años, esa imagen por la que ha recibido tantísimo reconocimiento social siempre, ahora la desasosiega; los tacones, el rímel, el tinte del pelo, el cambio de bolso para que combine con el cinturón que a su vez combina con el blazer... Cada día se le hace más cuesta arriba seguir siendo la mujer elegante y estilosa que ha sido hasta entonces. Algunas veces se pregunta si será un síntoma de la vejez acechante para acabar reconociendo que, sea lo que sea, se le está haciendo imprescindible vestirse con otro tipo de ropa y arreglarse de otra manera, que aún ignora, para vivir a su gusto y dormir a placer por la noche; cuando llegue el momento sabrá cómo hacerlo y lo hará. Los tiempos fronterizos conllevan inquietud.
Ahora podría dedicar esta semana de vacación a ensayar el aspecto de su futuro y ponerse frente al ordenador a dibujar... Pero no, aún no, todavía no es la que sabe que será y continúa desayunando como cualquier otro de sus días libres.

viernes, 4 de marzo de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 19:

Ahora necesita hablar con él de su preocupación por las obras porque, al fin y al cabo son los vecinos más antiguos, los de mayor memoria histórica y quienes tienen más información general sobre el presente. Pero aún es temprano, ¡hay que fastidiarse con la gente y sus costumbres!
Se preparó el desayuno y con el libro que tenía entre manos sobre el atril, delante de la taza de café, esperó a que avanzara la mañana de la mejor manera que conocía para cualquier espera. Aunque en los últimos meses no se sentía cómoda casi en ningún momento.
Desde hacía una temporada, que empezaba a resultar excesiva, vivía con ansiedad. En la empresa había muchos rumores de expedientes de regularización y prejubilaciones que no acababan de consolidarse, pero que la animaban a soñar haciendo planes para su futuro. Le gustaba su profesión de delineante que eligió siendo jovencita y con las ideas muy claras, solo que nunca calculó que pasaría el resto de su vida laboral dibujando despieces de mecanismos para rodamientos exclusivamente. Podría haberse buscado otro trabajo pero se casó pronto, como era la costumbre entonces, enseguida tuvo a su hijos y colocó sus prioridades vitales en la familia y en la casa. Ahora que está sola y es dueña de sus días es demasiado tarde para las aventuras y no se le pasa por la mente correr riesgos y por lo mismo sueña con una jubilación anticipada que la libere de rutinas. Entonces se dedicará en cuerpo y alma, poniendo en ello todo el entusiasmo acumulado, a crear tebeos, cómics. Las posibilidades de los ordenadores le parecen un regalo de la vida que relucen como un faro en su futuro y mirando hacia él dibuja impaciente cada día sus absurdas piececillas.

jueves, 3 de marzo de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 18:

Miró a Mariana mientras atravesaba el patio camino del portal aunque en realidad no la ve a ella. Cavila entre un cúmulo de preguntas que surgen en medio de tantos detalles vistos y dejados de lado y que, de repente, juntos, se ordenan ofreciendo una interpretación de las malditas obras de restauración que lo llenan todo de polvo, inesperada y sorprendente.
La impaciencia crece con cada idea surgida pero tiene que esperar, aún es demasiado temprano y la gente no madruga tanto como ella, o por lo menos Lázaro, que es su candidato a interlocutor, no lo hace; él, como siempre, continúa en el bando de los trasnochadores que jamás tienen prisa por acostarse y a quienes el sol de las mañanas les es ajeno cuando no molesto. Además, es Semana Santa y medio país hace vacaciones aunque no sean dias de fiesta, sino de duelo para algunos, los ortodoxísimos dedicados a sus viacrucis.
Mariola y Lázaro se conocen de casi toda la vida, hasta el punto de que él forma parte de la infancia de ella. No es que compartieran juegos, ni siquiera que fueran amigos en ningún momento porque una diferencia de quince años en la edad de los niños es un abismo espinoso, pero han coincidido una infinidad de veces yendo y viniendo por los espacios compartidos de la casa y siempre se han saludado con amabilidades sonrientes. Ella conoce muchos episodios de la vida de él a través de los cotilleos vecinales de la comunidad y, de la misma manera, da por supuesto que él está al corriente de los suyos.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 17:

- Las obras me tienen preocupada y como soy nueva en la casa no se bien como están las cosas. Tenía entendido que iba a ser una especie de lavado de cara como suele decirse, pero ayer escuché a un par de trabajadores comentar entre ellos que de no estar clara la cosa habría que demoler. ¡Imagínese, me he quedado de piedra!
- Lo mismito que me estoy quedando yo ahora. ¿No sería que hablaban de otro edificio?
- Juraría que no. Y tengo un disgusto que no me deja dormir cuando soy un lirón. ¿Qué es lo que pasa, Mariola?
- No tengo la menor idea, lo que dices es una novedad para mí. Luego más tarde, a media mañana porque él no madruga, subiré a preguntar a Lázaro por si sabe algo, o a Agustín que es más avispado y está más al corriente de las cosas. ¿Los conoces?
- No estoy segura, aunque los habré visto, supongo.
- Seguro. Bueno, cuando vuelvas del trabajo pásate por aquí a ver qué he podido averiguar.
- De acuerdo. Hasta la tarde.
- Adios. Que tengas un buen día.

martes, 1 de marzo de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 16:

Cuando el timbre sonó en casa de Mariola aún era tan temprano que podría considerarse inoportuno y grosero de no ser por una emergencia.
- Buenos días, perdone que la moleste a estas horas pero sabía que es usted madrugadora y como tengo que irme trabajar ya...
- No te preocupes, está bien. Mariana te llamas, ¿verdad?
- Sí.
- Vamos dentro, pasa.
- Es solo un momento.
- Bueno, pero dentro estamos mejor. ¿Has desayunado?
- Sí, claro, no podría salir de casa si no. Gracias.
Mariola la miró con una sonrisa que parecía de satisfacción, de camaradería cómplice, pero como no se conocían mas que de vista, la chica no quiso precipitarse sacando conclusiones.
- Siéntate entonces, anda.
- Tengo que marcharme enseguida -mientras hablaba se había apoyado en el borde de un sillón, más que nada para estar a la altura de la mujer, bien acomodada en otro.
- Pues tú dirás.

lunes, 28 de febrero de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 15:

Como puede haberse llegado a esta situación es algo que aún, ¡aún!, no comprendo pero estoy dispuesta a averiguar. ¡Restaurarme otra vez! Si mi cimentación lo precisa, adelante con ello, pero no me explico que no lo hicieran la vez anterior, que no ha pasado tanto tiempo y ya entonces tuvieron que darse cuenta de la necesidad. Lo peor es que tengo un mal pensamiento, porque como escucho las radios y televisores del vecindario cuando no es de uno es de otro, estoy bastante informada y se que hay intereses, económicos, claro, faltaría más, detrás de las demoliciones de algunos edificios antíguos, que habrían podido tener una infinidad de usos con una buena reparación menor, pero... No quiero ni imaginar que se traigan algo entre manos conmigo y no no estoy dispuesta a consentirlo bajo ningún concepto, ¡ninguno ninguno! Si llegado el caso hubiera que jugar sucio, seré la más guarra.

domingo, 27 de febrero de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 14:

Por último Mariana, a quien tengo en el 1ºG. Llegó hace poco más de un año, muy poco tiempo, pero me encariñé con ella casi enseguida, ¡así son las cosas, qué le vamos a hacer! Recién emancipada vino directamente desde la casa de sus padres más feliz que una castañuelas, con un contrato indefinido como funcionaria y dispuesta a crearse un futuro como pintora.
Muchos otros vecinos, alquilados, llegan y se marchan, pero me cuido de encariñarme por bien que me caigan porque en el momento menos pensado se van y yo me quedo sufriendo. No. Mejor así.
¡Ah!, por cierto. No descarto que alguien pueda escucharme porque las leyes de la física son increiblemente asombrosas como a mí me consta, pero si me pregunto a quien cuento estas historietas debo responderme: ¡a nadie! Hablo sola. Pero todo el mundo lo hace, lo se muy bien. Es una forma de reflexionar o de pasar el rato sin más. Para la salud debe ser beneficioso porque, en contra de habladurías, yo tengo observado que la gente que habla sola está más contenta. Se libera uno de lastres y aparta telarañas que solo en contacto con el aire se desintegran y eso es lo que persigo yo porque estoy preocupada... Y mucho, sí.

sábado, 26 de febrero de 2011

Aquellos sastres fueron nueve 13 :

Leonor y Jerónimo son los vecinos del 2ºD. Con sus más de cuarenta años tienen tres niños pequeños que, como muy pocos saben en el vecindario, son de él y de otra. Aquélla, la legítima digamos, es una puñetera que un día se marchó dejándole con los críos y que sigue apareciendo cuando le parece bien para reclamar la tutela durante unos días, ataques de remordimientos imagino, porque lo que es interés no le pone mucho y lo único que consigue es perjudicar a todos alterando sus vidas cuando parecen haber alcanzado la tranquilidad. El es una excelente persona que trabaja como electricista y en los ratos libres se dedica a las chapuzas de todo tipo para llevar algo más de dinero a su casa. Ella se queda cuidando a los niños con primor, pero la pobre no está buena y algunos días después de dejarlos en el colegio tiene que acostarse porque se encuentra mal, de una enfermedad incógnita hasta para ella misma, me parece a mí.