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domingo, 11 de diciembre de 2011

Una Absurda Superstición 28 :

Después de mil cavilaciones decidí que lo mejor sería tirar por la calle del medio y sin perder más tiempo me puse a ello.

Pegué el cerrojazo en mi despacho de buena suerte. Firmé un papel por el que cedía el apartamento a la vecina porque de esta manera, con las dos cajitas de cerillas unidas, ella podría vivir algo más cómoda con sus hijos; metí los documentos de traspaso por debajo de su puerta junto con la llave porque me constaba que la gente cuanto más humilde más orgullosa y yo no pretendía ofenderla, además nunca habíamos hablado fuera de los buenos dias o las buenas tardes al cruzarnos por la escalera y empezar ahora no tenía sentido. Luego fuí al banco, saqué todo mi dinero y después, con la cartera atiborrada de billetes, monté en un tren de destino desconocido para apearme en una estación cualquiera y desde allí caminar sin rumbo hasta dar con el río lugareño que encontré ancho y caudaloso.

Volqué el bolso sacudiéndolo sobre el agua y arrebujada en mi abrigo regresé a la solitaria estación muy satisfecha. Alguna que otra familia desconocida sería feliz en primavera y, lo más importante, sin acumular deudas porque nada más alejado de un pacto con la fortuna que recoger lo que la corriente arrastra, sean peces, piedras o papeles de colores.

Ahora que había acabado de ordenar los asuntos que coleaban, faltaba decidir qué iba a hacer conmigo misma. Era un buen momento para el suicidio, el más adecuado, y lo sopesé, pero no me tentaba la idea, había otras posibilidades que me atraían mucho más como por ejemplo... Por ejemplo, por ejemplo... Nada.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Una Absurda Superstición 27 :

Aún me quedaban alternativas como fundar un colegio familiar para niños abandonados en el que no careciesen de nada, ni siquiera de veranos en paises extranjeros para practicar idiomas y donde profesores, cocineros y jardineros fueran padres adoptivos de alguna de las criaturas y tíos y madrinas el resto. Otra posibilidad era patrocinar un burdel andrógino en el que los servicios fueran gratuitos, las personas trabajadoras cobrasen buenos sueldos y reinase por encima de cualquier otra cosa el respeto, la amistad y el buen humor.

Mi mejor plan, sin embargo, hubiera sido entregar todo mi patrimonio como dote e ingresar en un convento de clausura en el que rematar el ciclo de mi vida trabajando y rezando y no solo no me hubiera importado sino que lo hubiera hecho con gusto desde el abrigo de una reducida comunidad de mujeres con afinidades compartidas aunque nada más fueran el hábito y el domicilio. Pero fue imposible, En realidad ni lo intenté. Daba la casualidad de que en los últimos meses la tele, la radio y los periódicos hablaban incesantemente de la renovación, actualización y modernización de las órdenes religiosas; ahora monjas y frailes se ganaban la vida como cantantes y en los claustros entraban los periodistas como Perico por su casa para grabar entrevistas y reportajes que después reproducían para el resto de la humanidad, No estaba en mi animo censurar los modos de vida ajenos, no se me vaya a malinterpretar, es que a mi lo que me interesaba sobre todo lo demás eran los votos de pobreza y silencio que por lo visto ya no se estilaban.

Mis proyectos eran fantasías irrealizables.

martes, 6 de diciembre de 2011

Una Absurda Superstición 26 :

- Abuela, maldita seas tú y tu absurda superstición. Me chafaste la vida y te devuelvo la moneda para tu eternidad. Lo mismo que yo, tú sabes de donde proviene el dinero con el que se ha construido tu palacio mortuorio. Ahora, apáñate con tus deudas, abuelita querida.

No consideré necesario tener en cuenta al marido en mis planes, pero sí en cambio a aquella mujerzuela suya, advenediza e interesada a la que tuve a bien obsequiar con un generoso cheque que "me honraría mucho aceptases porque la vida, digan lo que digan, es siempre difícil para una mujer y el dinero, lamentable pero realmente, ayuda a suavizar los sinsabores; podemos considerarnos comadres, al fin y al cabo nosotras compartimos algún que otro recuerdo y nuestros queridísimos hijos un padre común". Por supuesto no tuvo nada que objetar, hubiera faltado más.

Luego, poco a poco y con paciencia, mientras el dinero continuaba acumulándose en mi bolsa, iba urdiendo venganzas dedicadas a aquellos otros que por imprudente estupidez o por ambición habían caído en la tentación de jugar a las quinielas arrastrándome en sus suertes. Su agradecida alegría no tardaría en agostarse aunque yo no me enteraría de qué manera porque no quería saber nada de ellos.

Pensaba intensamente día y noche buscando, queriendo encontrar una actividad que a la vez que útil para alguien fuese entretenida para mí, algún quehacer que hiciera productivas mis horas.

Mientras meditaba y como los dineros seguían multiplicándose inexorablemente, envié donativos anónimos a diversas instituciones de ayuda médica, alimenticia, ecológica... Pero eso no significaba nada para mí, necesitaba una intervención directa en los asuntos. Me ofrecí como voluntaria en parroquias, en asociaciones caritativas de todo tipo, incluso en hospitales y fui rechazada con excusas que, siendo diferentes, tenían un único significado: me había hecho vieja y ya no servía para nada.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Una Absurda Superstición 25 :

Pocos días más tarde, convocadas por anuncios que hice insertar en cada uno de los periódicos de la ciudad, comenzaron a llamar a mi puerta todas esas gentes que obstinadamente se empeñan en atosigar a la buena suerte. "Solo quinielas" se especificaba en la publicidad, de manera que quienes entraban en la sala que habilité como recibidor, traían en la mano su cupón amarillo. Y yo, recuperando el rito familiar que aprendí en la infancia, me limitaba a mantenerlo entre las palmas de mis manos durante unos instantes en una imaginaria ceremonia de bendición.

Ni que decir debería necesitar, pero ya al finalizar la siguiente jornada de liga algunos de aquellos visitantes regresaron para entregarme su agradecimiento en forma de regalos y donativos.

Jamás cobré honorarios por las innumerables horas que dedicaba a mi empresa, lo que no fue un obstáculo sino todo lo contrario, para que mi fama se extendiera y el número de los creyentes devotos aumentara día a día.

En cuanto hube reunido el dinero suficiente, lo que por cierto no me llevó demasiado tiempo, encargué erigir en el cementerio un mausoleo ostentoso, derrochante de lujos funerarios, al que inmediatamente ordené trasladar a mi abuela con todos los honores.

Asistí a la ceremonia vestida de luto riguroso y antes de que el sacerdote girara cerrando la llave de la reja solicité, llena de compunción, quedarme a solas unos minutos con los restos mortales de mi difunta y queridísima abuela.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Una Absurda Superstición 24 :

Otro día cualquiera en el que la lluvia, ¡qué tendrá la lluvia!, nos obligó a permanecer en casa más tiempo del acostumbrado recibimos una visita inesperada: la madre legítima, la biológica, la gestadora, la paridora, la golfa que se sirvió de marido ajeno, la zorra que sin haber construido un nido se preñó, la puta que abandonó a su criatura en manos ajenas... Esa mujer, como digo, se presentó en nuestra casa porque un pleno en la quiniela había iluminado su presente y su futuro y pretendía recuperar a su hija a toda costa. Nada de lo que yo dijera o hiciera le haría desistir porque estaba dispuesta a todo.

Y nada pude ante lo inevitable, que me costó muchas lágrimas y más maldiciones para ese juego estúpido que tan destructivamente interfería en mi vida. Me resultaba incomprensible que mientras la gente persigue la suerte rellenando quinielas semana tras semana inútilmente, a mi me acosase la fortuna para regodearse en mis calamidades. Solo cabía una explicación y muy sencilla por cierto. Mi abuela me aconsejó mil veces, me advirtió innumerables más para estrellarse siempre con mi estúpido orgullo mágico y al final, como era de esperar, acabó maldiciéndome.

Ahora, a mi edad, ¿que más podía depararme el futuro? ¿con que calamidades iría a obsequiarme el azar?

Maldita fortuna, maldita buena suerte que ciega a la gente haciéndola olvidar que nada, absolutamente nada, es gratuito. Debatiéndome entre el desencanto y la ira, la tristeza y el afán de supervivencia concluí que, puesto que la fortuna siempre se había cruzado en mi camino, iba a aceptarla, solo que yo llevaría las riendas y la utilizaría de acuerdo con mi criterio.

Puse por tanto fin a los lamentos y me dije: "Basta. Hasta aquí hemos llegado".

jueves, 1 de diciembre de 2011

Una Absurda Superstición 23 :

Di muchas vueltas por la ciudad con mi niña en los brazos buscando un techo bajo el que ella pudiese crecer feliz y yo envejecer protegiendo y modelando mi cría. La tarea resultó algo complicada porque con el dinero de que disponía no se podían hacer milagros pero después de mucho buscar encontré un apartamento con cocina y baño. Cierto que resultaba incómodo atravesar un portal lleno de estacas y tablones de madera que apuntalaban el edificio, pero los vecinos aseguraban que era precisamente gracias al estado ruinoso de la casa por lo que los alquileres eran tan bajos y por otra parte podríamos vivir allí muchos años aún, ¡de ayer era la fecha del desahucio! El piso era muy céntrico, formaba parte de uno de los barrios más antiguos de la ciudad y entre otras ventajas estaba la de que cuando llagara el momento la pequeñina podría ir a un colegio muy bueno. Otro asunto era como pagarlo pero eso ya se vería.

El tiempo de infancia de mi niña fue gozoso. Yo jamás lo olvidaré y ella siempre lo recordará, no me cabe ninguna duda.

martes, 29 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 22 :

Una tarde en que regresé de pasear a la chiquitina antes de lo acostumbrado porque empezaba a llover tuve una decepcionante sorpresa: encontré a mis amigos haciendo quinielas. Me quisieron explicar avergonzados lo mucho que había trastornado sus vidas la llegada de la bebita, el futuro que les esperaba ni siquiera se parecía al que habían soñado y puesto que conmigo ya no podían contar, antes de regresar con sus familias estaban intentando otras alternativas provocando a la fortuna.

A veces las actuaciones humanas son de tal condición que por más que se expliquen y aunque lleguen a comprenderse siguen siendo injustificables y por eso, en aquel mismo momento, rompí mi amistad con ellos. Una absurda superstición, decían intentado convencerme de no se qué.

Por la memoria de la fraternidad compartida les doné la titularidad del piso en el que habíamos estado residiendo y como los hijos volvieron a poner el grito en el cielo, llegando incluso a insinuarme amenazadores la posibilidad de un nuevo y por mi edad definitivo ingreso en un, ahora sí, manicomio, tuve que resolver la situación traspasándoles a ellos el resto de los bienes familiares lo que les tranquilizó bastante acerca de mi estado de salud, hasta el punto de que entre todos establecieron una asignación que yo recogería mes a mes en el banco. Nada es mejor que el dinero para suavizar las relaciones, maldito sea, con lo caro que cuesta.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 21 :

Para qué dar más rodeos, me hice cargo de la niña que al fin y al cabo era medio hermana de mis propios hijos aunque ellos siempre desconfiaron de esa fraternidad.

Supongo que es innecesario explicar de qué manera mi vida y la de mis amigos se vio trastornada por aquella miniatura tan ajena a nosotros. Lo imaginaba. Bien sabía que la crianza de un pequeñín exige dedicación plena a lo largo de muchos años y seguro que me porté de manera estúpida aceptando una carga semejante y que por ningún concepto me correspondía.

Se me reprochó seguir enamorada del marido al cabo de tantos años y tantas cosas, se me acusó también de sensiblera y de inconsciente, incluso de defraudadora de la herencia familiar. Pero solo yo y tal vez mi abuela, si es que existe la vida eterna, sabemos por qué tomé la decisión que tomé. Y fue por la nenita, solo por ella. ¿De que manera se puede explicar un flechazo amoroso a quien nunca lo ha sentido? La vi y la quise y el hecho de no haberla parido me liberaba de no se qué lazos angustiosos y me permitía arroparla con un manto mucho más flexible y mullido.

Como decía, la llegada de la bebé trastocó todos mis proyectos y como no los de mis compañeros de casa. Desde el primer momento ellos se habían alistado en el bando de mis hijos y solo con escepticismo y mucha resignación aceptaron lo inevitable. Procuraron continuar con su ritmo de vida ignorando a la pequeña, lo que resultaba complicado y provocaba dificultades y situaciones a veces muy tensas.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 20 :

Las cosas fueron bien durante un tiempo demasiado escaso para mis deseos.

Todo iba sobre ruedas, los tres compinches estábamos más que satisfechos con nuestra nueva vida, eramos independientes, no debíamos explicaciones a nadie por nuestros actos y nos respetábamos mutuamente. No podíamos permitirnos lujos pero ninguno los añorábamos y tampoco carecíamos de nada básico. Nos sentíamos privilegiados cuando, lo que son las cosas, la muerte regresó para reclamar una deuda que solo en parte me correspondía.

El marido había disfrutado su abundancia con una mujer bastante más joven que él, tal como suelen hacer tantos varones cuando repiten la asignatura de la convivencia y que, según los hijos, no era mas que una golfanta que solo buscaba medrar y a la que inevitablemente odiaban lo mismo que si hubiera sido una santa, era razonable. Estrenando una tarde los dos un magnífico coche muy potente y por lo visto carísimo, sufrieron un accidente y el conductor murió; su acompañante, en estado de gestación avanzado sobrevivió y salvó a su pequeño. Pero yo fui la viuda que heredó y entre los hijos y los nietos se encargaron de poner a la lagarta en su sitio.

Unas cuantas semanas más tarde mi apenada y solitaria rival, sin avisar, se presentó en mi casa con una recién nacida. Me contó que tenían planeado casarse cuando yo hubiera estado tan restablecida como para hacer frente al divorcio, pero todo había sido muy lento y ahora ella tenía que trabajar para ganarse la vida y no podía atender a la criatura, tampoco quería aceptarme una mensualidad porque ella era muy joven y aunque por el momento la pena corroía su alma, no iba a encerrarse para criar un bebé y cuando quisiera darse cuenta ver que había perdido el tren de los años gloriosos y la alternativa de contratar un ama que atendiese a la niña mientras ella trabajaba no era buena solución porque las responsabilidades seguirían siendo tan abrumadoras que la descentrarían.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 19 :

Cometimos sin embargo una grave imprudencia y fue que entre tanta actividad gratificante llegamos a olvidarnos de donde estábamos y no previmos una estrategia de disimulo adecuada para prolongar nuestra permanencia allí, de manera que acabó por llegar un momento en que las autoridades médicas nos consideraron sanados y nos dieron de alta. La idea de regresar a nuestras vidas anteriores, con nuestras respectivas familias y a sus casas no sumió en un estado de melancolía que bien podría haber significado la reinclusión de los tres en la lista de ingresos de la clínica, pero todos los trámites se hicieron con hábil rapidez. Por fortuna mi mente siempre ha funcionado con la suficiente agilidad como para incluso poder pasar por tonta si la situación me lo aconseja, de manera que la víspera del que debía ser el día de la despedida reuní a mis amigos cuando ya el resto de pacientes dormía y pasamos la noche haciendo planes.

Yo me encontraba en una situación privilegiada puesto que la economía familiar disfrutaba un momento más que desahogado gracias a la quiniela, los hijos ya estaban establecidos a medida de sus criterios y en cuanto al marido mi intuición me dictaba que se sentiría agradecido con su ángel protector al poder hacerme el favor de ser generoso y complaciente invirtiendo dinero en un piso para mí y pasándome una pensión mensual que cubriese mis gastos. Todo por mi salud, claro, si era eso lo que yo deseaba.

Un pequeño resquemor me molestaba y era la idea de que si aceptaba compartir los beneficios quinielísticos familiares una vez más hipotecaba mi futuro aunque, bien pensado, yo no había tentado a la suerte sino que me limitaba a aceptar la manutención que se me brindaba y cuya fuente de origen bien podía permitirme ignorar desde el estado de salud que ellos me habían impuesto.

No quise preocuparme pensando más. Lo único importante era que mis camaradas y yo en adelante conviviríamos juntos, sin preocupaciones, sin responsabilidades y en armonía.

martes, 22 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 18 :

No imagine nadie que los primeros tiempos en aquel sitio fueron deprimentes o dolorosos porque se equivocaría por completo, al contrario fueron una gratísima liberación. Por el hecho de estar internada sin mi consentimiento en semejante lugar mis deudas con la suerte quedaban radicalmente saldadas y por lo tanto no más trajines caritativos, ni más caminatas, ni más angustias quinielísticas de fin de semana. Por fin iba a saber lo que era vivir sin ataduras, libre de compromisos con lo de arriba y lo de abajo, los de la derecha y los de la izquierda.

Después de un par de semanas durmiendo, paseando y observando, empecé a relacionarme con compañeros a los que como a mi habían recluído a la fuerza para que se serenaran y por primera vez tuve amigos.

Algunas personas estaban realmente enfermas como el grupo que pasaba los días enteros, semana tras semana y mes tras mes haciendo pronósticos, cavilando en vaya usted a saber qué criterios quinielísticos que les iban a dar los catorce aciertos el siguiente domingo. Por supuesto que los componentes de esta peña y yo nos ignoramos siempre, tan evidente resultaba nuestra incompatibilidad vital mutua. Ni siquiera se enteraron de que mi familia, mediante encargo de venganza, había recibido de nuevo la visita de la suerte en forma de quiniela acertada. Me tentó la idea de decírselo para darme la satisfacción de fastidiarles pero creí preferible no establecer ningún tipo de vínculo con cierta clase indeseable de individuos. Y diré por lo que respecta a mi familia que esa fortuna suya que en su obcecación seguían considerando buena, no me dio ni frío ni calor, no era ya asunto mío. No vivía con ellos, no pertenecía a su familia y su mundo y mi mundo eran ajenos.

De entre los buenos amigos que conocí surgieron dos espíritus afines con los que enseguida me reuní. Ellos se conocían de vista pero nunca habían tenido una auténtica conversación porque al ser de distinto sexo ambos habían procurado poner mucho cuidado en guardar las distancias para no dar pie a posibles maledicencias, pero esas tonterías se olvidaron cuando los tres nos unimos como avemarías de rosario. Hablábamos de todo con absoluta libertad, sin tabúes religiosos, políticos o sexuales, leíamos, nos divertíamos, asistíamos a nuestras sesiones de terapia e incluso, con la participación de algunos otros compañeros, formamos una coral porque nos entusiasmaba cantar. Fue un tiempo en verdad delicioso.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 17 :

Tampoco recuerdo durante cuanto tiempo fui feliz, poco, supongo, porque los buenos tiempos siempre son los más cortos. El caso es que un día al llegar a casa el marido me montó la escena más escandalosa de todos nuestros años de convivencia. Me ayudó a sentarme en un sillón y él, muy serio, sentado también frente a mí en una silla, sin levantar la voz y con dulzura en los ojos habló y habló. Sin prestar mucha atención porque no podía dar crédito a mis sentidos, alcancé a deducir que había llegado a sus oídos... Un despilfarro, la economía del hogar se había resentido considerablemente, no me reprochaba nada, la enfermedad y los tropezones no puede evitarlos nadie, se presentan y no hay más. El doctor me recomendaba una temporada de reposo en un ambiente tranquilo.

Fueron muchos meses los que permanecí encerrada, tantos que juntándolos en lotes podría llamarlos de otra manera pero en aquel momento solo intentaba no ser pesimista, me aseguraron que el optimismo llegaría más adelante y tenía paciencia. Todo el mundo se refería a aquel lugar como la clínica, médicos y enfermeras, los familiares, e incluso los mismo internos que preferían dejarse convencer por el criterio de la gente sana. Yo nunca me engañé, aquello era un manicomio y a los que allí vivíamos se nos consideraba locos, tanto si reposábamos como si no y solo desde esta aceptación la supervivencia mental era posible.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 16 :

A pesar de él yo continué haciendo compras y abasteciendo a gente necesitada. Al principio y cargada con bolsas tenía que desplazarme hasta barrios muy alejados para llevar ropa y comida a familias extremadamente humildes, tal y como me aconsejaba la directora espiritual, quien me decía que únicamente repartiendo lo que se me había regalado podría conjurar al menos alguno de los males que se me avecinaban.

Bien saben los santos que durante meses seguí sus instrucciones a rajatabla pero llegó un momento en el que ya no pude más. Me encontraba agotada de tanto patearme la ciudad de una punta a otra, cargada como una mula con los pedidos que los pobres, a medida que iban cogiendo confianza, me hacían. Pero yo no era ya ninguna niña y un día en que los calambres abrieron mis dedos dejando caer las bolsas que desparramaron por el suelo arroz, sal, lentejas y latas, muchas latas de conserva que rodaron por la calle haciéndome pasar tantísima vergüenza, tomé una decisión.

No consulté con mi santera porque pensé que al fin y al cabo las opiniones ajenas solo sirven para confundirnos. La idea era que debía compartir mis bienes con el prójimo, ¿verdad?, pues como para hacerlo no era necesario desplazarse tan lejos, comencé a preguntar a la gente agradable con la que me cruzaba en la calle por su capricho, algo que les gustaría tener y que no podían permitirse hasta el cumpleaños o la siguiente paga extraordinaria y a los que aceptaban acompañarme hasta el establecimiento adecuado les concedía su deseo. Y volví a sentirme mágica, lo mismo que en la niñez cuando aguardaba arrobada, con la quiniela entre las manitas, el resultado de los partidos.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 15 :

Cuando uno de los hijos provocó un accidente de tráfico con su motocicleta del que salió con unos cuantos huesos rotos y que pudo haberle costado la vida, o cuando el marido perdió su trabajo para toda la vida en la fábrica porque de repente las empresas se pusieron a competir para ver cual de ellas reducía más personal de sus plantillas, en ningún momento imaginaron que la fortuna ajustaba cuentas y en su afán de conjurar lo que llamaban mala suerte doblaban sus apuestas quinielísticas, lo que en consecuencia me obligaba a multiplicar el número de misiones hasta un punto en el que no tuve más remedio que desentenderme de la mercería. Claro que como el marido no tenía otra cosa entre manos pudo hacerse cargo de ella y la vida familiar siguió su curso.

Yo apenas paraba por casa, ni siquiera podía acudir a las horas de comer porque no tenía tiempo y por las noches cuando llegaba tenía que encerrarme en la cocina para preparar ricos potajes que hicieran más llevaderas mis ausencias a la familia. Y no fueron pocas las noches en que él, el causante de nuestros males, interrumpía de improviso mi tarea para acusarme de todos los disparates que se le pasaban por la cabeza, en un tono de voz lo bastante alto como para que no solo los hijos sino todo el vecindario se enterase de nuestros asuntos. Yo callaba porque muchas veces había intentado hacerle comprender la verdad, pero él nunca me dejaba terminar con sus risotadas y su único piropo: "loca, estás cada día más loca".

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 14 :

Después de unos cuantos meses desasosegados, repletos de sombras y temores y sumamente caros en tiempo y en dinero, tuve que concluir que la abuela estaba firmemente decidida a seguir ignorándome por siempre jamás y renuncié a convocar fantasmas aunque no así a una buena amistad que me condujo a la santería.

No voy a describir a la mujer que conocí, quien sienta curiosidad o tenga alguna necesidad que acuda a visitarla porque ella siempre aseguraba estar dispuesta a servir de guía espiritual a todo aquel que se lo solicitara. Por cierto, insistía en que la fe previa no es imprescindible, se dará por añadidura. Claro que puede ser que ya esté muerta cuando alguien decida ir en su busca porque ya en aquel entonces era sumamente longeva. En fin, no lo se, la cuestión es que ella no echaba las cartas, no leía manos ni posos de café, solo escuchaba con la mirada perdida para después recogerse en sí misma unos instantes, atendiendo las recomendaciones de sus santos y, a continuación, encomendarte una buena obra cuya correcta y fiel ejecución permitiría conseguir el control de una situación que propiciase un deseo o evitara un temor. Para mi santera no había mas que una magia que ella generaba intercediendo ante sus bienaventurados preceptores, por eso no distinguía entre blanca y negra. Ella, decía, no era quien para juzgar los motivos de nadie y algo en apariencia nocivo podía actuar con beneficio como revulsivo.

Gracias a las misiones que esta mujer me encomendaba pude ir evitando las desgracias que debido a mi buena estrella sin duda estaban aguardándome, aunque no resultó sencillo, no. Y ni que decir tiene que tuve que esmerarme para ocultar mis actividades a la familia, bastante tenía ya con que desde su ignorancia se burlasen de mí diciéndome que por maldecir mi suerte los dioses me castigarían con otra quiniela de catorce. Porque yo no se si por aprovecharse de esa suerte mía o por hábito tradicional, todas las semanas en mi casa seguían rellenándose con cruces columnas y más columnas en aquellos detestables papeles impresos. Todos los familiares participaban en aquel peligroso juego alborotando, riendo, discutiendo e invitándome con gritos inconscientes a colaborar con su arriesgado jolgorio.

martes, 15 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 13 :

Por las noches todo mi afán se concentraba en conseguir una conexión mental con mi abuela para suplicarle, ahora que ella era espiritual y por lo tanto supuestamente poderosa, que me proporcionase alguna sugerencia acerca del punto cardinal de donde procedería el purgatorio para su nieta, tan querida cuando las dos nos acompañábamos en el territorio de los mortales. Pero ninguno de mis esfuerzos sirvió de nada, no hubo el menor indicio de respuesta a mis llamadas.

La rotura del brazo de alguno de los hijos en el fragor de una escaramuza colegial, sus malas calificaciones escolares que a veces les obligaban a repetir el curso, la negativa de alguno de ellos a seguir estudiando antes de tiempo, eran tenidas en cuenta como pequeñas amortizaciones que en poco disminuían mi deuda, pero ahí estaban, por lo menos mis sufrimientos no eran en balde porque tenía la certeza de que no caían en saco roto.

Pensé que se trataba de una manera de ir ajustando los saldos cuando una de las hijas, apenas adolescente, quedó embarazada. Ambas estuvimos de acuerdo en cuales eran las medidas que debían tomarse y, sin que nadie más supiera nada, buscamos por barrios desconocidos a quien estuviera dispuesto a enmendar aquel error. Todo salió a pedir de boca y aunque la hija nunca más volvió a preñarse, ni aún cuando ya casada lo intentó mil veces, concluí que para el balance de mis cuentas este acontecimiento había tenido su incidencia y si algún desequilibrio había ocasionado esa deuda no me correspondía a mí.

Aquel percance sin embargo me permitió entablar contacto con un grupo de mujeres que practicaban el espiritismo. Nunca, jamás en mi vida podría haber imaginado que llegaría a verme mezclada en cosas de ésas. Es más, ni siquiera me producían una pizca de curiosidad inquietante de la que participan tantas personas. Pero una vez que sin saber cómo me encontré inmersa en el círculo, creí que tal vez el destino me estaba ofreciendo el medio de conseguir la ansiada comunicación con mi abuela.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 12 :

El sol iluminaba mi cama cuando desperté y yo, que siempre había dormido en oscuras habitaciones interiores, no era capaz de disfrutar de aquella bendición que se me otorgaba por primera vez. Medio ahogada de angustia, asustada, intentaba calcular a cuanto ascendería mi deuda, porque tal vez si conseguía hacerme a la idea, pensaba, encontraría el coste razonable. Escapé de debajo de las sábanas como si estuvieran llenas de chinches y pulgas y corrí a esconder el San Pancracio, bien envuelto en unas toallas, en el fondo del armario del pasillo que habíamos destinado para trastos. Ya nunca más, por si acaso, iba a solicitar su intercesión. Le pedí un favor, él me lo había concedido y fue correspondido con perejil fresco y abundante, así que, sin más, estábamos en paz.

No fue poca la gente que intentaba convencerme de que mis temores eran infundados, debido sin duda a un exceso de humildad por mi parte que me impedía aceptar la realidad de mi buena fortuna. Que cada segundo de la vida conlleva riesgos es algo que todos tenemos asumido, pero si nos dejamos asustar solo amargura obtendremos sin por ello vernos libres de peligros. Disfrutar de la buena suerte, esa debía ser mi única preocupación, porque todo lo demás eran absurdas supersticiones.

¿Pero qué sabe la gente? me preguntaba yo. Palabras, palabras, sonidos que aturdían y que nada significaban. Para evitar tanto consejo hueco acabé simulando ser la primera en congratularme de mi buen sino cuando la ocasión lo requería, pero solo yo, con la ayuda de la abuela, sabía que los acontecimientos puramente casuales para los demás, surgían como eslabones de una cadena, escasos, aislados, inofensivos, pero que acababan por perder su aparente independencia enlazándose y ese día...

Como los grupos asfixian al individuo con su parloteo, sus puntos de vista y sus consejos, comencé a evitar a la gente. No es que me volviese huraña, porque trataba con las personas individuales de manera muy agradable y la prueba está en que la mercería no dejó de tener una abundante clientela. Incluso si eran dos las personas que se encontraban en el local la situación, aunque algo sofocante, era llevadera, pero cuando en ocasiones incontrolables se formaba un grupo el ambiente se volvía apabullador y cuando la tienda por fin se vaciaba no me quedaba mas remedio que echar el cierre, fuera la hora que fuese, ante la necesidad de ir a casa para ducharme y cambiarme de ropa porque estaba bañada en sudor.

Con todo esto que nadie vaya a pensar que tenía miedo a la gente en sí, ni mucho menos. Es que cuanto más numeroso era el grupo mayores eran también mis posibilidades de perder el control de la situación. De una sola persona podía defenderme si se hacía sospechosa de mediación para el cobro de mi deuda, pero en medio de un tumulto, por pequeño que fuera, no podía mantener la alerta sobre las maniobras de unos y otros y por lo tanto no era capaz de adivinar quien podría ser el ejecutor de mi desgracia. Sufría mucho, es la verdad.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 11 :

Aquella semana los supuestamente afortunados acertantes de los catorce resultados cobraron un buen pellizco. No fui la única, mala suerte porque una vez metida en harina cuanto más mejor, pero aún así el dinero conseguido hizo que nuestras angustias económicas quedaran relegadas al lugar de las anécdotas que pueden contarse en el futuro para demostrar, alardeando, lo mucho que nos ha curtido la vida.

No abandonamos el barrio, pero sí nos hicimos con un piso en propiedad espacioso y con cuarto de baño completo y como el marido no abandonó la fábrica para poder tener asegurada la asistencia sanitaria y la futura jubilación, el dinero nos alcanzó para pagar el traspaso de una mercería que yo regentaría y que nos iba a permitir una vida tranquila, sin penurias económicas.

He de reconocer que el dia que nos instalamos en nuestra nueva vivienda fue para mí, sin duda, el más feliz de los vividos. Comprendo que tal vez debería decir que después del de mi boda, o del nacimiento de mi primogénito, o incluso del de mi primera comunión, pero ningún sentido tendría aquí semejante engaño. Dueña de una casa en la que podría instalar aparatos, pintar y hacer reformas a mi antojo sin tener que pedir autorización a ningún casero sancionador ajeno a la familia y con unos dineros mensuales entre el jornal de la fábrica y los ingresos de la mercería que nos ofrecían una cómoda subsistencia, en adelante no habría en el mundo nada más que yo pudiera desear. Habíamos gastado hasta el último céntimo de la última peseta del premio de la quiniela, pero gracias a eso se habían cerrado las ventanas al más crudo invierno y ante nuestra puerta brillaba una floreada primavera. Partíamos de cero, cierto, pero nuestro equipo jugaba ahora en la división de honor.

Pero... Tan poco duró mi gozo que la primera noche en la nueva casa se extinguió, se esfumó. Mi difunta abuela lo ahuyentó presentándose en mi sueño para recordarme que tendría que pagar por mi buena suerte y no iba a ser barato puesto que mucho había sido lo recibido.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Una Absurda Superstición 10 :

Resultó que mi hombre, poco a poco, había ido contrayendo deudas de juego en la taberna y para que él pudiese cumplir yo le iba dando dinero del destinado a los gastos de la casa, pero así llegó un momento en el que, además de sus chanchullos, se nos fueron acumulando recibos de pago imprescindible y de las compras que sin otro remedio teníamos que hacer fiadas a fin de semana o a plazos y cuando un día la compañía eléctrica amenazó con cortarnos la luz si no pagábamos inmediatamente, fui yo quien en secreto hizo una quiniela, una columna nada más, lo más barato, escondiéndola después bajo la peana de un San Pancracio que compré a una gitana con las telarañas de mi monedero.

El domingo por la tarde, mientras que los rincones del barrio multiplicaban el soniquete informativo del rumbo de los partidos, yo ponía perejil a mi santo suplicándole que nos librase de la vergüenza de que los vecinos llegaran a enterarse de nuestras penurias económicas.

A última hora de la tarde, cuando ya los aparatos de radio habían normalizado sus decibelios para ocuparse de las cosas del mundo, bajé a la calle a hurtadillas encaminándome a la boca del Metro más próxima que estaba tomada por una aglomeración de hombres rodeando a un muchacho que vendía cuadernillos azules y no cesaba de vocear frases ininteligibles y, al igual que todos ellos, compré la Gaceta, la Gaceta de los Deportes.
Regresé a casa corriendo, me encerré bajo pestillo en mi habitación y, arrimada a San Pancracio y con mano temblorosa, fui comprobando los resultados de mi quiniela. Tenía catorce aciertos.

-¿Cuanto cobran los de catorce esta semana?
-Depende de los acertantes que haya.
-Claro. ¿Y cuantos hay?
-Aún no se sabe, es pronto. Por la noche a lo mejor dicen algo pero hasta mañana no se cierra el escrutinio.
-¿El qué, papa?
-El recuento.
-Ah, ya.

domingo, 30 de octubre de 2011

Una Absurda Superstición 9 :

El marido, cada vez más agobiado por el mucho trabajo y el desordenado alboroto que invadía nuestra minúscula vivienda, cada día pasaba ratos más largos en el bar en la compañía de otros hombres prisioneros como él, para jugar una partida, unas cuantas partidas, cientos de partidas de cartas y dominó.
También se había integrado en una peña quinielística y de nuevo cada semana se repetía en mi casa el rito ancestral, aunque con algunas variaciones en la forma impuestas seguramente por el progreso de los tiempos modernos. Los niños ya no eran los pregoneros de números impregnados de magia, sino que ahora su misión consistía en agitar un dado en sus manitas y soplar en el interior de sus puños cerrados antes de dejarlo caer sobre el tapete de la mesa y nada de lanzarlo porque podría rodar al suelo, en cuyo caso el mal fario -incorporación modernista del marido al lenguaje familiar deportivo- quedaría asegurado.
Ninguno de los niños en particular parecía haber sido distinguido por la suerte y el cargo rebotaba de unos a otros según el criterio por completo arbitrario de su padre. Lo mismo que los dados, dos había, uno de ellos el clásico del parchís con sus puntitos correspondientes repartidos por sus seis lados y el otro, especial para quinielas, con el uno, la equis y el dos duplicados en caras alternas; la elección de uno de ellos correspondía al mago de turno semanal que, después de sopesar ambos en cada uno de sus puños durante unos instantes, acababa rechazando el otro.

A estas alturas de mi vida las prédicas de mi abuela acerca de la buena o la mala suerte estaban sepultadas en algún rincón de mi mente poco accesible y todo este asunto de las quinielas me parecía un juego de hombres chicos, lo mismo que el deporte que lo sustentaba. De manera que esta actividad fue una más de las tantas cosas que ocurrían sin mi participación, hasta que un día, sin más remedio, me vi obligada a intervenir.